Nuestra Señora de Aparecida 

Patrona del Brasil, su festividad se celebra el 12 de octubre.

En octubre de 1716, pasaba por Guaratinguetá con rumbo a Minas el gobernador de San Pablo, Pedro de Almeida y Portugal. Los pescadores de la zona querían darle la mejor atención, por lo que tendieron sus redes al río Parahiba, pero con escasa fortuna. Viendo esto, uno de ellos llamado Juan Alves, corrió hasta el lugar denominado Itaguassú y habiendo allí lanzado sus instrumentos de pesca, sacó del primer lance entre las mallas de su red una imagen de la Virgen a la que falta la cabeza. Volvió de nuevo a lanzar la red en otra dirección y esta vez logró aprisionar la cabeza de la imagen.

Lleno de asombro ante tal hallazgo, dirigió su barca hacia la orilla y después de limpiarla descubrió que era una Virgen Inmaculada. Sus compañeros participaron de esta alegría y animados por este suceso volvieron a echar sus redes consiguiendo una abundante pesca. No se sabe cómo vino a parar al río la pequeña imagen pero sí se conoce a su autor, Frei Agostino de Jesús, un monje carioca de Sao Paulo que trabajaba el barro con arte y refinamiento. La imagen que fue moldeada hacia el 1650, permaneció sumergida en el Paraíba por muchos años, hasta perder su policromía original y quedar de un brillante color castaño oscuro.

Los pescadores se llevaron la imagen y en la casa de uno de ellos le arreglaron un sencillo altar. Más tarde otro pescador al trasladarse a Itaguassú, construyó en su nuevo domicilio un oratorio y en él puso la imagen, ante la cual los vecinos se reunían para rezar el rosario y entonar himnos.

La Virgen morena se presenta a la veneración de los fieles recubierta por un rígido manto de gruesas telas ricamente bordadas, que sólo permiten verle el rostro y las manos, que une sobre el pecho en continua oración.

El 5 de mayo de 1743, se comenzó a construir un templo, que se inauguró el 26 de julio de 1745, venerando a la Virgen bajo la advocación de Nuestra Señora Aparecida.

El 8 de setiembre de 1900, se organizó la primera romería contando con unos cientos de personas. Fue coronada solemnemente en 1904, por don José de Camargo Barros, obispo de Sao Paulo.

El 16 de julio de 1930, Pío XI declaró a Nuestra Señora de Aparecida Reina y Patrona de Brasil. El día 4 de julio de 1980, el Papa Juan Pablo II visitó el santuario, concediéndole el título de Basílica. Unos días antes, un individuo lanzó al suelo la imagen fraccionándola en muchos pedazos. Quiso así parar el gozo de la celebración que se esperaba. Pero el amor y el cuidadoso trabajo de varios artistas y expertos logró reconstruirla perfectamente y la Virgen Aparecida retornó a su nicho en la basílica en medio de la enorme multitud que la aclamaba como madre del Brasil.

En la ceremonia de consagración, el Papa sintetizó en densas palabras el significado histórico y religioso del Santuario Nacional de Aparecida.

«En este lugar, hace más de dos siglos, la Virgen marcó un encuentro singular con la gente brasileña. Con razón, hacia aquí se vuelven desde entonces los anhelos de esta gente, aquí late desde entonces el corazón católico del Brasil. Meta de incesantes peregrinaciones venidas de todo el país, ésta es la Capital espiritual del Brasil».

«Leí con religiosa atención, preparándome para esta romería a la Aparecida, la sencilla y encantadora narración de la imagen que aquí veneramos. La inútil faena de los tres pescadores buscando peces en las aguas del Paraíba, en aquel lejano 1717; el inesperado encuentro del cuerpo y, después, de la cabeza de la pequeña imagen de cerámica ennegrecida por el lodo; la pesca abundante que se siguió al encuentro; el culto, iniciado luego a Nuestra Señora de la Concepción, bajo las apariencias de aquella estatua trigueña, cariñosamente llamada "la Aparecida"; las gracias de Dios abundantes, en favor de los que aquí invocan a la Madre de Dios».

«¿Qué buscaban los antiguos peregrinos? ¿Qué buscan los peregrinos de hoy? Aquello mismo que buscaban en el día, más o menos remoto, del bautismo: la fe y los medios para alimentarla. Buscan los sacramentos de la Iglesia, sobre todo la reconciliación con Dios y el alimento eucarístico. Y vuelven reconfortados y agradecidos con la Señora, Madre de Dios y nuestra».

«Vengo, pues, a consagrar esta Basílica, testimonio de la fe y devoción mariana del pueblo brasileño, y lo haré conmovido de alegría, después de la celebración de la Eucaristía... Madre de la Iglesia, la Virgen Santísima tiene una presencia singular en la vida y acción de esta misma Iglesia. Por eso mismo la Iglesia tiene los ojos siempre dirigidos hacia Aquella que, permaneciendo virgen, concibió, por obra del Espíritu Santo, al Verbo hecho carne. ¿Cuál es la misión de la Iglesia si no la de hacer nacer a Cristo en el corazón de los fieles, por la acción del mismo Espíritu Santo, a través de la evangelización? Así, la "Estrella de la Evangelización" indica e ilumina los caminos del anuncio del Evangelio. Este anuncio de Cristo Redentor, de su mensaje de salvación, no puede ser reducido a un nuevo proyecto humano de bienestar y felicidad temporal. Tiene ciertamente incidencias en la historia humana e individual, pero es fundamentalmente un anuncio de liberación del pecado para la comunión con Dios, en Jesucristo. Por lo demás, esta comunión con Dios no prescinde de una comunión de los hombres unos con otros, ya que los que se convierten a Cristo, autor de la salvación y principio de unidad, son llamados a consagrarse en la Iglesia, sacramento de esta unidad humana y salvífica».