Nuestra Señora de los Dolores 

Patrona y Reina de Cajamarca, su festividad se celebra el Viernes de los Dolores, es decir, el viernes anterior a la Semana Santa.

Son siete los dolores de la Virgen:
1. Presentando a Jesús en el Templo.
2. Huyendo a Egipto.
3. Buscando a Jesús.
4. Viendo a Jesús camino al Calvario.
5. Viendo a Jesús Crucificado.
6. Estando al pie de la Cruz con el cuerpo de Jesús en sus brazos.
7. Dejando sepultado el cuerpo de Jesús.

El 14 de junio de 1942, durante el I Congreso Eucarístico Diocesano de Cajamarca, la imagen de Nuestra Señora de los Dolores, fue coronada por el Papa Pío XII, representado por el Nuncio Apostólico en el Perú Monseñor Fernando Cento.

Muchos son los favores y gracias que Cajamarca ha recibido de su Patrona a lo largo de los siglos. Algunos de ellos, que alcanzaron mayor fama fueron artísticamente pintados en sendos cuadros que decoran las paredes de su primorosa capilla.

Tal es el caso de Fray Martín de Iuzauraga, Guardián del Convento Franciscano, que postrado en el lecho de su dolor y previendo su próxima muerte, ya sin mayores esperanzas de vida, imploró a sus religiosos le trajesen la imagen de su Madre de los Dolores. El día 24 de noviembre de 1705, apenas penetró la venerada imagen en la celda del moribundo, éste quedó instantáneamente sano y libre de toda dolencia.

Unos años después, el 16 de agosto de 1749, viajaba montado en una mula don Nicolás de Piédrola en compañía de su padre –el Escribano D. Manuel de Piédrola– a la hacienda de Salagual, en los términos del pueblo de la Asunción. Al bajar por un despeñadero, la mula se asustó, comenzó a respingar furiosamente y ambos se precipitaron al abismo. Su padre y cuantos le acompañaban imploraron a una sola voz a la Virgen Dolorosa. Y al instante vieron como el mozo se levantó sin lesión alguna, mientras la mula siguió rodando y la silla se hizo pedazos.

Las crónicas también registran lo acontecido con don Álvaro Gaspar Enríquez, Corregidor de Cajamarca, quien se hallaba gravemente enfermo y desahuciado por los médicos. Movido por su ardiente fe, imploró que trasladasen a su casa a la venerada Imagen de Dolores para pedirle personalmente su curación. El 7 de agosto de 1752, por fin los religiosos accedieron a las reiteradas instancias de tan gran personaje y... ¡oh prodigio! No bien la Soberana franqueó los umbrales de su habitación, el ilustre moribundo se incorpora y, cera en mano, acompaña por las calles a la milagrosa imagen de regreso a su capilla.

Más tarde, a mediados del siglo XIX, una persistente sequía amenazaba dejar sin pan a los pobladores de Cajamarca. Viendo que pasaban los días y los meses, sin siquiera notarse el más leve cambio atmosférico, recurren pues a su Reina y Madre, elevándole plegarias y sacándola en procesión. Ya de regreso, cuando la imagen estaba por ingresar a su templo, ligeras nubecillas primero y grandes nubarrones después cubren el cielo, y la ansiada lluvia se precipita en abundancia.

Una placa conmemorativa que permanece en un muro de la Capilla de los Dolores evoca la singular honra de su coronación canónica: “El día 14 de junio de 1942, Cajamarca entera, poniendo su corazón y su alma, con una fe y un entusiasmo que no puso jamás en ningún otro acontecimiento de su gloriosa historia, coronó a su dulcísima y amadísima Dolorosa”. El solemne acto se realizó por ocasión del Primer Congreso Eucarístico Diocesano, siendo la imagen coronada por el entonces Nuncio Apostólico en el Perú y más tarde Cardenal, Mons. Fernando Cento, Legado Pontificio de Pío XII.